Tu Sombra

Tomé del olvido una astilla de tu sombra
y me corté sin quererlo, el alma.
Tú venías con tus ojos de incendio
y palabras que olían a puerto lejano;
yo, que siempre fui tu casa abierta,
te dejé entrar como a la lluvia:
sin preguntar el nombre a tu tormenta.
Ahora barro despacio tus ruinas.
Tu recuerdo todavía fuma en mis rincones
como un cigarro inacabado.
Pero anoche, por fin,
cerré la puerta, las ventanas.
Y entonces el silencio,
ese perro triste que dormía conmigo,
se quedó mirándome
como si también tú lo hubieras olvidado.

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Te amé

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