Si Llegas
He aprendido la paciencia de los jardines
cuando el invierno les clausura la memoria.
Nadie diría, al ver la rama desnuda,
que en su silencio se está preparando la rosa.
También yo he aguardado.
He vivido temporadas enteras
con la casa del corazón cerrada,
oyendo únicamente el paso de las horas
como un agua cansada entre las piedras.
Y, sin embargo,
cada noche dejo una lámpara encendida.
No por nostalgia.
La nostalgia es una viuda que se peina
mirando hacia atrás.
Lo mío es otra cosa:
una obstinación luminosa,
una manera de creer que la alegría
conoce el camino de regreso.
Si llegas,
no hallarás un héroe,
sino un hombre que ha salvado entre las manos
un puñado de ternura.
Un hombre que todavía se conmueve
cuando la lluvia pronuncia tu posible nombre
sobre el azul de los cristales.
Si llegas,
entra sin miedo.
He reservado para ti
las palabras que no dije,
los besos que el tiempo no consiguió marchitar,
las preguntas que sólo responde una mirada
cuando se queda a vivir en otra.
Porque el amor verdadero,
ese huésped imprevisible,
a veces tarda años en encontrar su puerta.
Y aunque la noche sea larga,
aunque el deseo se siente a esperar
como un peregrino junto al camino,
yo sé que hay primaveras
trabajando en secreto bajo la tierra.
Por eso no renuncio.
Por eso, cuando el mundo me aconseja olvido,
yo prefiero la esperanza.
Y sigo aquí,
con el corazón abierto hacia el porvenir,
apostando por un milagro sencillo:
que un día vuelva a sentir
la misma música ardiendo en la sangre,
la misma fe en unos brazos,
la misma certeza de haber llegado.
Y que entonces,
sin necesidad de promesas,
sin más argumento que la verdad de los ojos,
el amor vuelva a elegirme
como la mañana elige a la ventana
por donde quiere entrar la luz.
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