Los Falsos Indignados
Se indignan con la sombra que les cuentan,
con la mitad del vaso,
con la lengua prestada de la plaza.
Alzan tribunales de humo,
y dictan sentencia al ausente,
mientras coronan de espinas
a aquél que no escucharon.
Pero el turno siempre llega.
Y entonces guardan los espejos,
encierran la memoria en un cajón,
y visten de excusa la misma culpa
que ayer llamaban crimen.
¡Qué extraña multitud!
Con una mano señala la herida ajena
y con la otra se venda los ojos.
No son hijos de la indignación,
sino del disfraz.
Porque quien juzga sin verdad
y se absuelve sin vergüenza,
no es digno de su rabia:
tan solo de su mentira.
Pues cuando la verdad llama a su puerta,
esconden la llave,
apagan la lámpara,
y cambian de nombre a sus pecados.
Por eso ya no los escucho
cuando levantan banderas de furia
o cuando llenan el aire de reproches.
Porque no son indignados:
pues estos solo buscan la justicia.
Ellos sólo buscan autocomplacencia.
Acusan, condenan, señalan
hasta que el espejo los nombra
y entonces ya no hablan de justicia,
sino de excepciones.
Ya comprendí al fin
que nunca fueron indignados:
eran indignos
disfrazados de indignación.
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