Me Fui

Me fui.

No hay una forma hermosa de decirlo.

No fue el destino,
ni la distancia,
ni esas palabras que usamos los cobardes
cuando queremos convertir nuestras decisiones
en accidentes.

Me fui yo.

Pero antes de irme
te vi escuchar sus cantos.

Al principio eran apenas palabras,
una voz que llegaba desde lejos
y que tú dejabas acercarse.

Después fueron mensajes confidentes,
preguntas,
frases disfrazadas de inocencia,
esa insistencia paciente
con la que alguien intenta entrar
por una grieta que todavía no existe.

Y yo miraba.

Miraba cómo poco a poco
te dejabas fascinar
por aquella música que no era la nuestra.

No porque tú quisieras hacerme daño.

Quizá ni siquiera lo advertías.

Pero tampoco cerrabas la puerta.

Y eso fue matándome despacio.

Porque mientras él te llamaba desde otro lado,
yo esperaba que fueras tú
quien dijera basta.

Que pusieras un límite.

Que apagaras aquella voz
antes de que aprendiera a sonar
más fuerte que la mía.

Pero no lo hiciste.

Y yo empecé a sentirme
como un hombre sentado en su propia casa
viendo a un extraño
aprenderse de memoria
el camino hasta tu corazón.

No sé qué fue peor:

imaginar que podías perderme
o descubrir que yo era el único
que parecía tener miedo de perdernos.

Entonces me fui.

No para castigarte.

No para que corrieras detrás de mí.

Me fui porque ya no sabía
cómo quedarme sin romperme.

Y aun así…

Qué miserable es el arrepentimiento.

Porque incluso ahora,
después de todo,
después de aquella voz,
de aquellas dudas,
de aquella puerta que nunca terminaste de cerrar,

sigo pensando que debí avisarte.

Debí decirte que tenía miedo
en lugar de esconderlo detrás del orgullo.

Debí pedirte que cerraras aquella historia
antes de que la nuestra terminara.

Pero tenía miedo de pensar
que eso sería intentar cortar tus alas
Y era algo que debías hacer tú.

Me fui.

Y tú te quedaste
con el silencio de una puerta cerrándose
y quizá con la absurda esperanza
de que volviera a abrirse.

No volvió a hacerlo.

Desde entonces
hay algo muerto en esta casa.

No sé si soy yo
o si es todo aquello que éramos.

A veces todavía encuentro tu risa
en algún rincón de la memoria
y me dan ganas de romperlo todo
para no escucharla.

Porque recordar que fui feliz contigo
es una forma lenta de castigo.

Yo tuve tus manos
y las solté.

Tuve tus ojos
y elegí mirar hacia otro lado.

Quería un lugar donde quedarme
pero dolía más mirarte que marcharme.

Qué miserable es el arrepentimiento.

Llega siempre después,
cuando ya no sirve.

Se sienta al borde de la cama
a las tres de la mañana
y empieza a enumerar
todo lo que hicimos mal.

Esta frase.

Aquel silencio.

La última vez que te miré
sin saber que era la última.

Tu espalda alejándose.

Mi orgullo.

Tu silencio.

Hay noches en que imagino
que todavía estás aquí.

Entonces cierro los ojos
y durante unos segundos
el mundo vuelve a tener sentido.

Después los abro.

Y ahí estás tú:

en ninguna parte.

Y ahí estoy yo:

en todas partes donde no estás.

He aprendido que el vacío
no es una habitación sin muebles.

Es preparar dos tazas de café
y recordar a mitad de camino
que solo una persona
sigue bebiéndolo.

Es girarse para contar algo
y encontrar una silla vacía.

Es escuchar una canción
y odiarla para siempre
porque alguien tuvo la crueldad
de ponerle tu nombre.

Es querer volver a ser
y comprender que el amor
es cosa de solo dos personas.

Ya solo tengo mi culpa.

La llevo conmigo
como quien lleva un cadáver
que nadie más puede ver.

Y algunas mañanas
me pregunto si tú también me recuerdas.

No porque espere que regreses.

Ya no te doy ese derecho.

Solo quisiera saber
si alguna vez, entre todo lo que vino después,
te dolió mi nombre.

Si alguna noche
pensaste en llamarme
y te detuviste.

Si alguna vez miraste nuestra historia
y sentiste esa misma vergüenza
de haber amado tanto
a alguien que no supo quedarse.

Porque eso es lo que más me duele:

no haberte perdido.

Haberme ido
después de saber
que escuchabas otros cantos.

Yo podría decir
que aún te amo.

Y sería cierto.

Pero hay verdades
que llegan demasiado tarde
para cambiar algo.

Te amo.

Y no voy a buscarte.

Te extraño.

Y no voy a pedirte que vuelvas.

No me arrepiento.

Y tendré que aprender
a vivir con eso.

Quizá ese sea mi castigo:

despertar cada día
en un mundo donde todavía existes
pero ya no para mí.

Quizá amar sea también esto:

saber que alguien fue tu casa
y aceptar que incendiaste las puertas
para poder salir.

Y ahora camino.

Camino sin ti.

Con las manos vacías,
con la memoria llena,
con tu nombre enterrado
en algún lugar donde nadie pueda encontrarlo.

Pero hay noches…

Hay noches en que la culpa abre los ojos.

Y entonces vuelvo a aquella despedida.

Tú frente a mí.

Yo diciendo que era mejor así.

Tú intentando no llorar.

Y ese último instante
en que todavía podíamos detenerlo todo.

Solo hacía falta una palabra.

Qué palabra tan pequeña.

Qué vida tan distinta
habría cabido dentro de ella.

Pero no la dije
porque nada ya podía salvarse
dentro de mi latido roto.

Y desde entonces
todas las palabras que conozco
llegan demasiado tarde.

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La Muerte Antes De La Muerte

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