Aquella Taza de Café

La conocí con un café,
tibio como la tarde,
y en el borde de mi taza
empezó a temblar mi suerte.

El vapor subía lento,
como si el tiempo dudara,
y entre un sorbo y una mirada
mi mundo aprendió su nombre.

Fue en el momento justo
del tiempo y del espacio,
cuando el reloj respiró
y el tiempo nos encajó sin ruido.

Ni antes, ni después,
sino ahí —exactamente ahí—
donde el destino dejó de buscar
porque ya nos había encontrado.

Hoy mando mis besos a la nieve,
por si algún copo enamorado
aprende el camino de sus labios.

Ojalá caiga despacio,
como cayó el silencio aquella tarde
y al tocar su boca le susurre
el recuerdo blanco y tibio
de aquella taza de café
donde un día nos encontramos.

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La Noche y La Memoria Todo Está Claro En Las Espaldas

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