Hoy renuncio A Ti
Siempre has morado en mí,
pero no como quien habita una casa,
sino como quien acecha, furtivo,
desde la médula misma del hueso.
Pasan las estaciones,
los años se desgastan contra mi pecho
como el mar contra un acantilado,
y nada, nada cambia:
tú sigues siendo esa misma faz de luna
que me mira cuando alzo los ojos,
y que me huye cuando el agua tiembla.
Una nube celosa, a veces, te oculta.
Pero tú le robas su propio brillo,
y hasta la envidia, a tu lado, se vuelve pequeña,
porque tú resplandeces
aun cuando mis manos enturbian tu reflejo,
aun cuando mis dedos, locos, buscan tu piel
y sólo encuentran, ay, el eco de tu tacto.
Tus labios callan desde hace siglos —
o quizá desde ayer—,
pero mi corazón no precisa de oídos:
le basta un suspiro tuyo,
le basta que el aire se impregne de ti,
para que todo mi cuerpo se erice
como un animal que, de noche, reconoce el fuego.
Si yo pudiera trazar el paraíso con mis manos,
te trazaría a ti, sólo a ti.
Pero mi pasado es una mancha que no lava el tiempo,
y frente a ti, sólo se alza un futuro
que nunca, nunca será mío.
Oh, luz que no se apaga,
que existes para ti misma,
que te comprendes sin mi ausencia,
que te amas en tu propio espejo
y te sonríes sin testigos:
yo soy apenas un círculo antiguo,
una sombra que gira gracias a tu fuego,
como esa rueda que mueve los astros
pero jamás alcanza el sol.
Reconozco tu olor, tu calor, tu piel,
tu tacto entre mis dedos
como quien reconoce, en plena sequía,
una lluvia que ya pasó.
Pero esta fantasía me roe los huesos,
me deshace:
mi deseo es una rueda que gira, sí,
pero gira en falso,
porque el amor que mueve el sol y las estrellas
no se detiene en este limbo donde habito.
Hoy renuncio a ti.
No porque deje de amarte
—eso sería mentira,
y yo no sé mentir cuando hablo de tu luz—,
sino porque he aprendido, al fin,
que el amor también es dejar ir
lo que nunca, del todo, se tuvo.
Como a un astro inalcanzable,
te suelto para que sigas tu órbita,
para que no te quemes por acercarte a mí
ni yo muera, lentamente, por falta de tu sol.
Me despido de ti
como quien se despide del mar desde la orilla:
sabiendo que nunca lo poseerá,
pero agradecido de que exista,
de que haya mojado sus pies una sola vez,
y de que, aunque se vaya para siempre,
su rumor quedará grabado, eterno,
en la concha yerma de este pecho.
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