La Noche Cae Despacio
A esta hora la noche cae despacio,
como si conociera mi nombre
y viniera a buscarme.
Las sombras se acomodan en rincones
que dejaste vacíos, salvo de polvo.
Todavía hay una taza,
un libro abierto,
una costumbre absurda
de mirar aún hacia la puerta
aunque el alma haya aprendido
que ya no volverás.
Las brasas recuerdan mejor que yo.
Ellas saben del morir de la luz:
sin escándalo,
sin un último milagro,
apenas convirtiéndose en ceniza.
Y yo también me he ido apagando.
No de golpe.
No como caen los árboles.
Más bien como se aleja la música
de una casa vecina
hasta que uno duda
si alguna vez la escuchó.
A veces regresas.
Pero en verdad, no tú.
sino tu forma de doblar el silencio.
Tu manera de mirar las lluvias largas.
El perfume imposible de una tarde
que sigue respirando en mi memoria.
Entonces el presente se rompe.
Y el pasado entra.
Cruza la habitación lentamente,
como un animal herido
que ya conoce el camino de regreso.
Te veo en los cristales,
en el humo,
en la fatiga de los relojes.
Y durante un segundo
casi puedo creer
que el amor no terminó,
que sólo salió a caminar bajo la lluvia
y está a punto de volver.
Pero los muertos del corazón
también tienen su cementerio.
Y el tuyo está aquí,
en mitad de mis costillas.
Hay noches en que comprendo
que la tragedia no fue perderte.
La tragedia es otra.
Es saber que contigo se fue
la única versión verdadera de mí mismo.
Porque después de tu amor
quizá vengan otras voces,
otras manos,
otros intentos de primavera.
Pero ninguna alcanzará aquella profundidad
donde tu nombre perenne se ahoga y arde.
Nadie volverá a tocarme
como se toca una herida y una patria.
Nadie volverá a mirarme
como quien encuentra agua
después de cruzar el desierto.
después de este naufragio entiendo
que hay amores que no acaban.
Se quedan viviendo en ruinas.
Respiran debajo de los años.
Hablan desde las fotografías.
Nos observan en silencio
mientras fingimos haber sobrevivido.
Cierro los ojos.
Las imágenes pasan.
Tu risa.
La lámpara encendida.
La madrugada respirando entre nosotros.
El temblor de tus dedos.
La vida que creíamos interminable.
Todo se aleja demasiado pronto.
Y tú atraviesas otra vez mi recuerdo,
leve,
inmensa,
inalcanzable,
como un ángel cansado
cruzando la habitación de alguien
que jamás volverá a amar de aquella forma.
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