Libertad
Hay un silencio nuevo entre nosotros.
No nació de la noche ni el invierno;
lo hemos sembrado, sin querer,
con las palabras que no encontraron puerto,
con los abrazos ofrecidos a destiempo,
con el cansancio de fingir
que el amor basta cuando el alma tiembla.
Te miro,
y todavía reconozco la casa
que una vez levantamos con las manos desnudas.
Pero las ventanas ya no abren al mismo cielo,
y el fuego que nos reunía
aprendió el idioma lento de las cenizas.
No quiero acostumbrarme a esta distancia
que duerme fiel a nuestro lado.
No quiero que la rutina
escriba el último capítulo
de aquello que juramos conservar.
Si aún queda una brizna de nosotros,
ven.
No para señalar las ruinas,
sino para apartar las piedras.
Hablemos sin armaduras.
Lloremos, si hace falta.
Aceptemos que también el orgullo
es una forma de perderse.
Luchemos.
No el uno contra el otro,
sino contra ese miedo antiguo
que nos enseñó a cerrar las puertas
antes de pedir ayuda.
Porque sé que tú también lo sientes.
Sé que hay hilos invisibles
que todavía atan tu respiración a la mía,
ecos que regresan cuando el mundo calla,
una sed compartida
que confundimos tantas veces con destino.
Nos hemos necesitado
hasta olvidar quiénes éramos a solas.
Y duele.
Duele descubrir
que el amor puede vestirse de refugio
y, sin darnos cuenta,
convertirse también en jaula.
Quizá no bastaba con querernos.
Quizá haga falta aprender de nuevo
la difícil ciencia de sostener una mano
sin querer encarcelarla.
Tal vez sanar
sea mirar nuestras heridas sin vergüenza,
nombrarlas por su nombre,
perdonar lo que fuimos
y agradecer incluso aquello que nos rompió,
porque nos obligó a buscar
la salida del laberinto.
Si el camino aún nos une,
que sea desde la libertad.
Y si un día nuestros pasos
eligen horizontes diferentes,
que nadie vuelva a llamarlo fracaso.
Porque perder las cadenas
también es una forma de encontrarse.
Que nadie tema empezar de nuevo.
Después de la tormenta
las raíces conocen mejor la tierra.
Después del llanto
los ojos distinguen caminos
que antes el dolor escondía.
Después del miedo
siempre existe la posibilidad del vuelo.
Y a quien hoy sostenga entre las manos
los restos de una historia que amó con toda el alma,
quiero decirle:
No eres la herida.
Ni siquiera el abandono.
Tampoco aquello que no pudo salvarse.
Eres la semilla
que insiste en abrirse paso entre las piedras.
Eres la voz que un día volverá a cantar
sin pedir permiso al pasado.
Porque toda noche,
por interminable que parezca,
acaba entregando su sombra al amanecer.
Y quien aprende a amar sin cadenas,
a caminar sin depender del miedo,
a abrazar sin dejar de pertenecerse,
descubre que la esperanza
no llega desde fuera.
Siempre estuvo latiendo,
paciente,
esperando el instante
en que por fin decidiera pronunciar su verdadero nombre:
libertad.
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