Donde Aprendió El Silencio

Te fuiste sin cerrar aquella puerta,
como quien deja al viento decidir
si debe llevarse la última promesa
o dejarla temblando en el jardín.

Yo me quedé contando las ausencias,
igual que un viejo faro frente al mar:
con una luz cansada entre las manos
y un horizonte imposible de alcanzar.

Qué poco sabe el tiempo de los hombres.
Él sigue su camino, indiferente,
mientras nosotros vamos recogiendo
las migas de un amor que fue banquete.

Dicen que la razón conoce el rumbo,
que hay voces que aconsejan no mirar
las huellas que se pierden en la arena,
ni el nombre que la lluvia borrará.

Pero el corazón nunca es obediente.
Prefiere la derrota a la mentira,
prefiere arder un siglo en la memoria
antes que acostumbrarse a la ceniza.

No te reclamo nada. ¿Para qué?
Las flores no regresan a su rama,
ni vuelve el mismo río a la montaña,
ni el alba a ser la noche que la llama.

Tan sólo me acompaña esta certeza:
amar fue la más dulce equivocación.
Porque si el alma aprende con las pérdidas,
la mía ya conoce la lección.

Y cuando alguna tarde, sin buscarme,
escuches que el otoño dice mi nombre,
no pienses que fue el viento quien hablaba.
Era este amor, que se negó a morirse,
aprendiendo a callar… como los hombres.

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