El Eco Sin Pared

Convertí tu nombre en un decreto de piedra,
en una alcoba vacía,
en una liturgia de sombras
que el alba ya rehúsa nombrar.

Pero antes, te busqué
en el mercado de las carnes ajenas,
en la mentira de otros labios que
-en su vano intento-
querían habitar la geografía de tu ausencia.

Fuiste el espejismo de la fuente,
la imagen que el dedo no puede atrapar:
una verdad que se desintegra
en el instante del deseo,
firme en el alma como un mandato,
pero esquiva como el destino.

¡Oh, el temblor que buscaba!
Esa llama sagrada
que devora la piel
y deja la cicatriz del fuego.

Llegaste tantas veces
que la despedida se volvió mi rito,
-mi escudo-
antes de que tu sombra cruzara el umbral.
Ahora habito la herida,
esa crónica abierta de tu falta,
y arrastro tu ausencia
como una capa de luto sobre el pecho.

Mi aliento, en su exilio,
es un grito que busca muro,
una oración que se pierde
en el vacío de lo que nunca fue
en el eco que nunca encuentra su pared.

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El Día En Que Te Fuiste Los Falsos Indignados

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