Perdóname
Perdóname —si el amor admite absoluciones—
por esta obstinada manera mía
de pronunciar tu nombre
como si fuese una oración antigua.
Perdóname por quedarme,
por sentarme en la penumbra de tu ausencia
con la fidelidad inútil
de quien vela un fuego extinguido.
No supe retirarme a tiempo:
mi esperanza, ya ves,
tiene vocación de mártir
y se arrodilla incluso ante tus altares cerrados.
Mas no me arrepiento, amor;
hay derrotas tan hermosas
que merecen repetirse.
Y si tú quieres ven,
ven si así lo dicta tu ternura,
y acompáñame apenas un trecho de la tarde;
no prometo destinos ni certezas,
sólo este temblor elegante
con que el alma se viste
cuando persigue milagros.
Caminemos juntos y, tal vez,
entre el rumor discreto de nuestros pasos,
renazca esa criatura frágil y luminosa
a la que los soñadores, con reverencia,
llamamos esperanza.
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